Medio Cuerpo a mi lado

pianoG
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(Medio Cuerpo a mi lado es Premio María Giralt de relato, 2003)

-Ayer te llamó Jorge -dice Ana desde sus gafas de ver, como ella las llama. Como si algunas gafas pudieran ser para no ver, qué ironía.
Slas nueve de la mañana y ya está cosiendo. Es tremendo lo que trabaja esta chica. Ya era así de pequeña. En el orfanato las monjas la ponían a barrer y, si no le decían otra cosa, barría todo el edificio. Cuando se daban cuenta era la hora de la merienda, todos los chicos corriendo aquí y allá, tirando el chorizo o el chocolate del bocadillo por los suelos, para ir a ver la sesión infantil de la tele, los Payasos, Barrio Sésamo, y ella seguía barriendo. Yo me acercaba, le daba un poco de mi bocadillo.
-Anita, come, que luego te quedas sin nada -le decía. También a veces-: Ven a la sala de la tele, con todos.
Pero ella
-No, que tengo que barrer.

-¿Qué quería? -le pregunto. No sé por qué lo pregunto. Jorge siempre quiere que vaya a afinar el piano o a engancharle una tecla o a pasarle un poco de barniz por la huella de una patada de un cliente. Jorge es así. Nos vemos cuando me llama al local. En cuanto entro, se cuelga de mis hombros, me da palmadas, me invita a una cocacola o lo que sea, me dice:
-Chavalote, ¿cómo estás? ¿Qué tal Anita?, ¿sigue cosiendo? -pregunta sin esperar respuesta-. ¿Tienes guita?, si no tienes, toma.
Saca de la caja unos billetes. Yo los rechazo.
-Espera, hombre, espera que afine esas teclas -le digo.
-No, Gabi, Gabito, Gabrielón -me dice-, espera tú, bébete la coca, toma, o si no, Juan, pon aquí una ración de tortilla y unas almendras al amigo.
Charlamos un buen rato, me cuenta de las clientes, de los que van de noche.
-Esto es un puterío, una jodienda, tío, no sabes lo que se ve aquí por las noches.

Jorge tiene un local en la calle Manuel Anchieta. Cuando le tocó el gordo de la once fue cuando lo abrió. Decía que estaba tan agradecido que le iba a llamar “Bar de Kopas Once”. Pero está en el número once de la calle y Ana dijo:
-No suena agradecido, parece que no tengas otra imaginación.
Estuvimos tomando unas birras hasta las tantas y diciendo nombres y chorradas, tratando de rellenar los papeles que tenía que presentar por la mañana en hacienda. Esos papeles tenían que ir con el nombre del bar. Eran las dos, las tres, y los nombres que nos salían eran todos de película del Bronx, incluso Bar Harlem, Bar Avenida, qué horror.
-No somos nada -decía Jorge ya en la cerveza diecisiete.
Casi no se le entendía. Luego se puso a llorar a moco flojo, como cuando éramos niños, y dijo:
-Yo a lo único que estoy agradecido en la vida es a Barrio Sésamo, ¿os acordáis? Epi, Blas, el monstruo de las galletas, todos esos. Ese rato era el más feliz de todos, cuando Anita paraba de hacer encargos y nos sentábamos en el suelo a ver la tele con el cuello levantado. Eso era vida, sin sor Blanca gritando ni la Madre Ausencia detrás dando palmetazos. Debían estar ellas merendando también o qué sé yo, por lo menos ese rato estábamos en paz.
-Pues ponle Barrio Sésamo al local, Jorge, ese nombre suena bien.
Recuerdo que escribí yo el nombre en los papeles, porque Jorge ya se había quedado dormido con la cabeza encima de la mesa y un par de moscas chupando los restos de cerveza del borde de su boca. Puse: “Bar de Kopas Barrio Sésamo”, con letras de molde, como me enseñó sor María Jesús de los Desamparados, mi primera maestra, que parecía un ángel transparente, tan liviano y tan dulce que se tuvo que morir. Ana entonces recogió la labor, me dio un beso en la frente como siempre hace y nos fuimos a dormir con la luz encendida.

Anita alza la aguja más arriba de su oreja y me mira, siempre seria, como ella es. Dice que si mamá hubiese vivido habríamos sabido cómo reír, pero no sabemos, porque ella se llevó la risa a la tumba. Me mira en realidad más seria que de costumbre, y le pregunto:
-¿Por qué me miras así
Ella no responde, baja la aguja, da otra puntada, hace el nudo, corta el hilo con sus tijeras diminutas.
-Quiere que vaya a afinarle el piano ¿no? ¿O se le ha roto una tecla al hijo de puta?
Ana sabe que no es cierto, que no es un hijo de puta; o si lo es, yo no lo siento así, que son las palabras que me salen porque también es verdad que Jorge nos dejó tirados con la promesa del local. Se suponía que la lotería que le tocó era para todos, pero el puto dinero siempre se entremete. Al cabo de dos meses Jorge andaba a gritos, que si Anita limpiaba mal, que si yo espantaba a los clientes con esa música tan triste, total que salimos de allí, yo gritando:
-Cuando quieras afinar la mierda del piano, llamas al maestro armero.
Me fui furioso. Anita no. Ella no se enfada nunca, sólo baja otro escalón en la imperceptible escala de su seriedad, como cuando era niña y se iba del patio dejando los gritos de las otras niñas que se dieran de golpes contra la tapia. Ella daba media vuelta, despacio, despacito, y se iba a la sombra del manzano o a la cocina a pedir un recado, sin reír, sin hablar, sin moverse, con un pie, con el otro, atrás y adelante, dejando el juego de pelota de las niñas abandonado en el patio.
-Sí, dice ella, es el piano otra vez. Dice que el pianista nuevo le ha arrancado una techa.
-Eso le pasa por gilipollas, digo. ¿Y ahora qué quiere? ¡Que se lo arregle yo, claro!
-Estaba muy sensible -dice ella y me mira por encima de las gafas como yo imagino que nos hubiese mirado mamá-. No le puedes dejar ahora al pobre Jorge.
-Pues él bien cabrón fue con nosotros -digo.
Pero me desinflo.
-Eso es diferente -dice Ana.
Anita es así. Lo que hacen los demás es como si no llevara intenciones, todo son accidentes. Y además, igual tiene
-Dice que quiere que vuelvas a tocar tú, que nadie anima el local como tú lo haces. Me dijo, Gabo, Gabito, ¡ay, Ana, os echo de menos!
Los ojos de Ana brillan un poco, es como si hubiesen llegado a la máxima sonrisa que puede uno alcanzar.
-Esta tarde voy -digo, al fin vencido más por la luz de Ana que por los gabitos de Jorge. Ya lo conozco. Todo son, anda Gabi, Gabito, Gabrielón, cada vez que me hace una putada-. Vale, que sí, que luego me paso.

Llamé a la puerta, que inexplicablemente estaba cerrada. Toc, toc. Y salió ella. Se llama Fátima. Tiene los ojos negros como tizones, pero brillan tanto que no te imaginas. Me miró con amor. Bueno, Ana, yo no sé lo que es eso, me miró como me miras tú. Amor, qué será. Pero es, ya ves, una luz como cuando anochece en esas tardes rojas de llamaradas que a veces nos hacían salir de la tele y mirar por la ventana más rato que a los payasos, como si todo el mundo fuese a encenderse y arder y tú y yo y Jorge y todos fuésemos a terminar viviendo en una nube de aquellas, flotando por encima de las casas, sin escoba, sin chasca, sin palmeta, con un bocadillo de chorizo de siete metros de largo y en un sueño.  Así me miró.
Te juro, Ana, que me ablandé por dentro igualito que  si fuera de mantequilla, ¿te acuerdas, aquella vez que Sor María trajo de Soria una mantequilla blanca y dulce que se deshacía en la lengua en cuanto la tocabas? Se me hicieron las tripas como de agua. Le digo, “soy el afinador, veo que no está Jorge”.
Ay, Fátima!
Se llama Fátima, como la virgen.
Me sonrió. Una sonrisa, Ana, como si se le fuera a volar la boca de la cara, como una paloma blanca.
-Estoy yo -me dice-. Jorge ha ido a hacer recados. Me ha dicho que abra la puerta al afinador, ¿es usted el afinador?
Fátima tiene un deje al hablar que yo lo llamaría bello. Es un deje oscuro y alegre a la vez, le sale del cielo de la boca. Dice que es de Túnez o de Ceuta o de por ahí, por África, que allí todos hablan así. Bueno, entro, me da una cocacola y una ración de bravas, me dice:
-Esto es de parte de Jorge.
-¿Y tú? -le digo-, ¿no tomas nada
-Bueno -dice-, y pincha una patata y la mete en su boca de beso y quiere beber de mi vaso y ríe.
-Si bebo me entero de todos tus secretos -dice.
Me pongo tan nervioso, sólo de pensar que ella pueda saber lo del orfanato y lo de mamá y tú aquí cosiendo, que no es que me dé vergüenza, Anita, no es eso, es que su boca sonríe y las nuestras, en cambio, parece que están pegadas con blandiblub y la risa se nos cae al suelo antes de salir entre los dientes. Pero le digo:
-¡También yo me enteraré de los tuyos! anda, bebe.
Ella entonces pierde la risa, Ana, qué le habré dicho para que se ponga tan seria, “Que no mi amor”, me dan ganas de decirle al oído, “que no es nada, que no sabré tus secretos, ni si los sé los contaré a nadie jamás”. Pero no digo nada.
Abro el maletín, saco el diapasón, las llaves del piano.
-Shh, le digo, ahora necesito silencio.

Te juro, Ana, sólo la he visto un ratito, pero yo a esa chica la quiero a mi lado para siempre, con esa luz en los ojos que no necesita hablar.
Qué será esta cosa que tengo dentro que no me deja vivir. Al final he decidido llamar a Jorge al local para hablar con ella. Fátima se ha puesto al teléfono. Nada más que oigo su voz, y sin llegar a oírla siquiera, con sólo recordar su cara, ese nombre perfecto que le pusieron de virgen morenita, como ella es, me derrito.
-¿Qué haces? -le digo.
-Trabajar -contesta.
-Pues esta noche me acerco al local a trabajar contigo.
En cuanto abro la puerta, Jorge se abalanza en palmadas sobre mi espalda.
-¡Que te pierdes, macho! -me grita a carcajadas
A Jorge le salen las carcajadas como aprendidas en un teatro, te las empasta por la cara, así se desahoga conmigo. Igual será por lo cabrón que es a veces, que voy y le digo:
-Me la llevo.
-Ni lo sueñes -me dice y se pone serio-. Ella trabaja aquí, yo la dejo a partir de las dos de la madrugada; y si estás con ella ahora, pagas las consumiciones.
-Vale tío, te lo pago -le digo-. El próximo piano te sale gratis.
Fátima ríe siempre, pero sin ofender. Estar con ella es lo dulce, lo picante, lo amargo y lo sabroso, todo junto. Qué ganas tengo de abrazarla, de llevarla a casa, de tenerla a mi lado. La imagino en mis brazos, con esa piel moruna de terciopelo, tan bonita, con esas manos que sabrán acariciar. Pero no me atrevo ni a tocarla. Ella está contenta, parece que entiende lo más hondo y ríe siempre. Me dice:
-Esto es un bar de copas, se supone que los clientes se llevan a las chicas a la cama.
-Pero yo, Fátima, yo te amo, he visto el amor en tus ojos. Tú y yo no iremos a la cama simplemente, sino haremos el amor. No me atrevo ni a tocarte, por no profanar tu hermosura, pero te quiero, quiero tenerte a mi lado, derretirme contigo en un charco de mantequilla de Soria.
-Yo no hago eso con los clientes, Gabi. Yo les pongo calientes, luego ellos se van a buscar a las putas. Alguna vez he ido a la cama con alguno, es cierto, pero no era como tú. Esas veces no cuentan. Porque estaba medio cuerpo con él y el otro medio paseando por el techo.
-El alma -le digo-, el alma paseaba por el techo.
-No sé qué es el alma -me ha respondido-. Sólo sé que medio cuerpo se queda y el otro medio se va.
-Fátima -le digo y me sale así, del fondo del alma en la que ella no cree-, Fátima, niña morena, la más bonita, cuando tú y yo hagamos el amor, será amor del bueno, y tu cuerpo y el mío estarán ahí, presentes, juntos y derretidos en un charco debajo de la cama. El techo ni se Ella me ha mirado con sus ojos de sonrisa y sus labios de palomas blancas que se vuelan desde los dientes.
–Eso mismo quiero yo -me ha dicho.

Ana me da la carta. El sobre es de color gris, tiene una flor dibujada en la solapa. Un anagrama verde del Teléfono de la Esperanza en una esquina y una letra precipitada en la dirección, como pidiendo excusas. No lleva sello.
-¿Cómo ha llegado?
-No sé -me dice Ana.
Explica que alguien la metió por debajo de la puerta, que ella abrió para ver quién era, pero no vio a nadie. No me atrevo a tocar el sobre, rasgar la envoltura.
¿Qué carta será ésta? ¿Qué es el Teléfono de la Esperanza?
Estoy tan agitado que no sé vivir. Hace días que ni siquiera distingo el La en el diapasón para poder afinar. Ayer me echaron la bronca. No doy pie con bola, como decía Sor Marina, un desastre, un inútil, un mierda para toda la vida. Así soy, o estoy, desde que no la veo.
Hace una semana que voy a Barrio Sésamo todas las noches, pero ella no ha vuelto desde aquel día, ha desaparecido. Hasta Jorge está preocupado por la chica, él que suelta las carcajadas a todo trapo a camuflar los problemas, ahora se acoda serio y borroso en la barra y no habla. Sé que es por mí, porque me arrastro en vez de andar, porque se me ha quedado la boca amarga, como llena de moscas, y el esternón es un cuchillo que me rompe el aire de los pulmones. ¿Dónde estará ella? ¿Por qué se ha ido? ¡Qué idota fui al declararle el amor, qué imbécil por no llevarla a la cama como habría hecho cualquiera! “Idealista de mierda”, me digo, “lo has echado todo a perder”.
Abro por fin la carta. Me tiemblan las manos. Oigo a Anita decir: “Ya has estado bebiendo”, tan seria detrás de sus gafas como lo diría mamá o sor Marcelina, la superiora, con la palmeta. Leo:

Amor mío, Gabriel:
   Quien escribe esta carta con la mano es una persona que me quiere ayudar, no yo.    He venido al Teléfono de la Esperanza queriendo morir, pero una mujer que habló conmigo, dice que me sentará bien decirte por carta lo que ha pasado. A la cara no podría. Esta mujer hace las letras. Pero soy yo, Fátima, quien te habla. Ahora te explico.
   Desde que te conozco, sé que mi alma existe y no encuentro reposo en ella. Es como si otra Fátima dolorida y terrible hubiese nacido al contacto con tu amor.
   Eres el único hombre amable y bueno que he conocido. Eres la risa que decías tú que se volaba de mi boca como palomas, eres lo mejor y más hermoso que me ha ocurrido en la vida.
  ¿Te acuerdas de aquella vez, cuando nos conocimos, que me diste a beber tu cocacola y yo no quise para que no supieras mis secretos? Pues esto es lo que pasa. Mis secretos me van comiendo las tripas y por eso tengo que marcharme.
   Pero sé muy bien que no puedo dejarte así, sin saber, pues eres un hombre bueno y el único amor que yo he tenido.       Tengo que irme, amor mío, porque no mereces a esta mujer que te ha engañado desde el primer día. Yo no quise engañarte, mi amor, pero tenía tanta vergüenza de que pudieras descubrir lo que me pasa, lo ignorante que soy, lo estúpida, lo inadecuada. Por eso te engañé. No me atreví a decirte que no sé leer ni escribir. Cómo decirte eso ahora, a la cara, con ese amor que se te sale de los ojos y este amor que me está rompiendo, sabiendo que tú me despreciarás por ello.
  Sin embargo, te digo, amor mío, que tú has sido la piedra de mi camino que me ha cambiado la vida.
  Te digo adiós con todo el amor y todo el dolor.
   Quiero que sepas que tengo intención de hacerme digna de haberte conocido, digna de ese amor que has despertado en mí. Yo ahora sé que en el mundo hay gente buena y tú eres uno de ellos. Hasta que te conocí, el mundo era negro, mentira, amores sin amor, risa sin risa, un campo de batalla donde los golpes de la vida me enseñaban el odio, la recogida, esa técnica fácil de llevar a pasear medio cuerpo por el techo, el otro medio ahí, listo para defenderse de todo.

Yo nací en Ceuta. Mi padre es musulmán, mi madre española. Ni siendo ella española consiguió llevar a sus hijas a la escuela. Somos tres. Ninguna sabe leer. Pero mis dos hermanas están en Ceuta y no les importa. Mi madre lo intentó, Dios sabe que me mandaba a escondidas a clase mientras él, mi padre, hacía sus negocios con los jeques o los comerciantes. Pero un día volvió a casa con dos de ellos. Gritaba, “¡Que Fátima traiga el té y los dátiles a la mesa! ¡Que lleve la cara tapada, sólo los ojos al aire pero riendo, porque estos amigos son de negocio y buena voluntad!”
   Yo estaba en la escuela y mi madre tuvo que ir a sacarme a la carrera. Yo tenía seis años. La maestra era española y me enseñaba las letras. Recuerdo la A, la E y una redonda como un charco de luna. Luego no volví más. Mi padre molió a palos a mi madre y me azotó en la espalda. Ese día me partió tres huesos. Por eso nunca le quise, me fui lejos de él, aunque obedecía sus llamadas. Reía con los ojos, como él me mandaba, a carcajadas con la boca del engaño para calmar mis tripas. Y aprendí a poner medio cuerpo en esto, medio muy lejos, por los tejados, por los cielos.
   A los trece años me fui de casa.
  Desde entonces he vivido de los hombres, despreciando a todos y temiendo sus palizas que podrían dejarme un par de huesos rotos o cicatrices. Por eso no me entregaba. He recorrido Málaga, Almería, Granada, Valencia, Madrid. En todas las ciudades los hombres son iguales: sexo, alcohol, desprecio.
  De pronto, llegaste tú.
  Desde el primer momento temí el encuentro, con esos ojos blandos tuyos y las chispas de los míos, como si me dijeran,” atiende, atiende”, y a la vez quisiera marcharme. Porque despertabas ternuras y cosas que en mí no había, y la risa contigo era verdad.
  Me voy porque no quiero causarte más dolor. No puedo mentirte más, no valgo para ti. No me mereces. Eres un hombre bueno, que sabe. Tú andas por los caminos de la música y eres capaz de conquistar a una chica sola y triste como yo, escondida detrás de sus tácticas aprendidas. Encontrarás a otra. Yo sólo sé sobrevivir.
  Primero pensé en morir, tirarme por ejemplo de lo alto de la Torre de Madrid. Y fui. Subí a lo alto, pero me fue imposible, porque  al llegar arriba vi mi otro medio cuerpo vigilando y detrás estabas tú mirándome con la caricia de tus ojos. Por eso, en vez de matarme, me voy.
  He visto en un periódico un anuncio de un hotel de Santa Cruz de Tenerife. Me voy de camarera. Si vivo, será con un oficio limpio y recogido, como tú querrías para mí, sin más risas locas por los techos ni alcohol ni sexo por dinero. Y aprenderé a leer. Me dice la señora que escribe esta carta con su mano que en Santa Cruz hay una escuela para adultos donde enseñan a leer y a escribir a gente como yo. Ya tengo la dirección y el teléfono.
  No me lo tengas en cuenta, por favor. Yo te amo. Pero no puedo ser esa mujer que tú esperas, yo no soy nada. Una ignorante analfabeta que ha aprendido de memoria hasta el nombre de las calles y ha engañado a todos. No puedo perdonarme haberte engañado a ti.
  Sé feliz. Haz tus cosas.
  Adiós, mi amor. Te daré todos los días las gracias por la vida que me has dado y por los hermosos días tristes que pasamos juntos.
   Fátima

Son las siete de la mañana.
Dice Jorge que el avión a Tenerife sólo tarda dos horas, que le llame cuando llegue, que si me quedo sin dinero le avise para ponerme un giro.
Sí. Pronto llegaré al aeropuerto de Santa Cruz. Llevo dinero suficiente para un taxi, para comprar una bicicleta y para comer dos o tres semanas durmiendo al aire, si es necesario.
Jorge asegura que en Tenerife no hace frío ni en invierno. Iré hotel por hotel, calle por calle. Lo mejor es que llevo la dirección de todos los centros de estudios para adultos que me dieron en el Teléfono de la Esperanza, pues la señora que me recibió no recordaba el nombre del hotel donde Fátima va a trabajar de camarera.
Voy a buscarla. La convenceré.
Le sujetaré el medio cuerpo a mi lado, ahora que sé que ella comprende. La besaré. Haremos el amor en la playa para que el charco derretido de nuestros cuerpos lo lave el mar. Qué más da ya decirle lo del orfanato, explicarle por qué Anita no sabe reír. No importa. Fátima y yo le enseñaremos la risa.

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