Viajera de la pena

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Foto: Isabel Munuera

“Lo que llevo dentro no se expresa. Lo demás es ropaje de la pena”

(Shakespeare en Hamlet, Acto 2, escena 1)

I

Llevo dentro mi niñez y toda su nostalgia,
mi abrigo de luces y mi olvido.
Te llevo a ti, corazón de vivir,
y mis audacias dormidas que, un día,
pugnaron por salir para ser yo.

Llevo ese ansia en su nido
que alimentaba la fuerza de crecer,
esa soledad dorada,
teñida de caramelos,
de gritos de los mayores,
de ropa quebrada por el hielo en la cuerda del jardín.

Crecí al fin, miré a mi alrededor, y el alma
se salió de sus rincones.
No quiero morir sin saberme…
No encuentro palabras que digan amor, amor

El tren repite amor, amor a cada golpe de rieles
y el vagón se acomoda a sus latidos
acariciando mi adentro, acariciándome.
Fui joven. Me perdí
en las creencias y mitos
de novios que cortejaron mi sombra
con aviones de papel.
Pasé días llorando, con mi añoranza puesta,
pensando en un tú que no existía,
hablando con el fondo de mi pena,
con mi vacío del alma, que se me fue al crecer.

Me casé con un sapo
y asesinó mi vida.
Viví en la oscuridad, con las luces de mis hijos
prendidas en la mesilla,
brillando un poco
antes de que el ogro me violara la sed,
me volviera laberinto.
Cuando paso por los sitios
donde mi confusión se escondió
las lágrimas arrecian y el corazón se me para.
Y sigo, con el vaivén del tren,
con su tuntún, repitiendo amor, amor

Escapé de las garras del novio de la muerte
siendo muerte, siendo así.
El temblor de cascada de las cosas
cegó mi andar, tapó mi cielo.
Yo era túnel. Fui sombra amputada. Silencio del silencio,
fui desconches de paredes enlutadas
y un techo que clavaría sus pinchos en mi carne,
bajando a lo Poe sobre un cuerpo encadenado.
Ser adulta. Ser así. Ser mayor. No ser persona.
No saber, no existir, no comprender, no ser amada…

Pero escapé.
Aullando, sola, en huesos,
corrí por andenes recoletos,
disimulando entre los pasajeros vivos.
Eché a andar, andar, andar,
repitiendo amor, amor…
por las lindes de mi pena.

Un día desperté. Abrazada,
rozaba las caricias de unas manos
que susurraban estrellas.
Aurora de mi sed, amada vida,
consolaba el ardor de las mentiras,
agrietaba al sopor de tanto miedo.
Mirando esa verdad, ese candor,
me dispuse a hablar de lo que siento.
Pero no pude. No puedo.

II

Mirando los cristales empañados,
leyendo los escritos del olvido,
soy carta de mi adentro desvalido,
grabada en el vaivén de mi costado.

Te pienso y te acaricio en el cerrado
sonido de una fuga que ha crecido
tensando los adentros de mi oído.
Te siento a ti, escondida en mi cercado.

Resbala el corazón, precisamente
gotera de tu nombre. Mi locura
serpea en los andenes con la gente.

Te miro, amor. Mirarte me asegura
lo exacto de tenerte realmente,
sosegada en la mar de mi aventura.

III

Me sumo a ti, silencio misterioso.
El metro me adormila. Permanece
mi rostro en la casa que merece.
Te encuentro en el candor de mi reposo.

Me insumo en ti, silencio cuidadoso.
Me mezo en el espacio que parece
abrirse ante mi cara, y que me ofrece
silencio de un silencio generoso.

Las olas que me lanzan a lo alto,
las olas que predicen temporales
me llevan a tu amor en un asalto.

Dilemas y poemas personales
me ciñen por el talle con un salto
y llego a ti, inscrita en los cristales.

IV

Ya sé que parece que consigo
decir lo que me vive y me condena.
Pero es que ese ropaje me cercena,
me sorbe, descolgándose en mi ombligo.

No consigo decir lo que persigo
ni puedo desdecirme. Lo que frena
es saber que mi adentro vive en pena
y siento que no digo lo que digo.

Y llegan tu frescura y tu cuidado,
se cuelgan de mi cara y de mi pecho
y calman mi escozor desbaratado.

Y llegas tú, miamor, mi sal, mi techo.
Me vistes de palabras. A tu lado
me lavo de la pena que cosecho.

V

El tren alcanza la última estación
y yo recorro las llanuras del olvido
donde el amanecer me besa,
preparándome el adiós.
Si me desnudo, no soy.
Mi cuerpo
arropado por la pena, aprendió vivir así…
Pero ahora
es velo de mis manos,
y mi frente se agita y se rebela
y se va donde mi ser
me salva…

Me hice vieja
en tardes de libros y ganchillo
enredando amor, amor en los hilos y en las letras.
Escribí mi mensaje en un papel,
lo metí en una botella
y la tiré
al mar de los anhelos y el olvido.
El resto, lo que digo,
es el disfraz que arropa mi desventura.
Vive en lo hondo.

Nadie,
nadie sabe,
nadie sabrá jamás
lo que pasó.

Escucha los sonetos en la voz de Marta Abadía

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