Elogio de la poesía

Imagen

Foto: Isabel Munuera

A la mayoría le gustan las historias. La novela y el relato son fácilmente comprendidos, no necesitan defensa. El ensayo es incluso valorado como algo sabio y académico. Pero, en nuestra sociedad, la poesía no tiene buena prensa. De hecho, conozco a muchos lectores (de prosa) que afirman que la poesía les cansa o que no les resulta fácil de entender o que no les gusta. También conozco algún “poeta” que cree que la poesía le tocó a él, qué suerte, en un reparto de dones divinos.

Sostengo en cambio que la poesía es primordial, esencial, y de dominio público, porque es lo primero que toca nuestras neuronas, y no la prosa. Lo primero son las palabras poéticas de las canciones, cantinelas, repeticiones y juegos rítmicos que recitamos y entonamos para las criaturas. Y se las cantamos así, llenas de vida, precisamente, para empezar a enseñarles a vivir. Por eso, cuando aprendemos a hablar, al principio, lo que de verdad nos gusta es jugar con las palabras, combinar los símbolos con las cosas. Por eso, la poesía está en la fuente de nuestro “ser personas”.

Lo que ocurre es que, cuando ya la criatura empieza a ir a colegio -y no hablo del jardín o la escuela maternal, cuyas maestras son mi admiración, porque son capaces de crear entornos de juego, poesía y belleza- nuestra vida pasa a un sistema de  bárbaraestructuración, que se ha llamado “enseñanza reglada”. Y allí, entre normas severas, lo que nos enseñan va deconstruyendo la poesía y construyendo la prosa, desconectando el sentimiento, la intuición, la música; y conectándonos a lo todo que se ha llamado llamado “racional y útil”.

Tras pasar entre doce y dieciocho años en la “enseñanza reglada”, la mayoría de personas de nuestra sociedad se convierten -como diría una de mis hijas- en “gente sosa”. Gente que ha olvidado lo esencial de la poesía y la belleza, y en cambio cree que lo importante es saber las reglas de todo lo que es normativo, ser dócil a lo que la sociedad demanda: ciudadanos de la prosa.

Sin embargo es consustancial al ser humano vivir en, por, con y de lo bello. La belleza no es un lujo, sino una necesidad espiritual. Contrariamente a lo que nos explican en las clases de lengua -donde tampoco se aprende a disfrutar de la lectura y la escritura, sino a repetir las leyes severas que rigen el lenguaje estructurado- lo esencial no son las normas. Eso es lo básico, pero, en realidad, para gozar de la lengua, no hace falta aprender la teoría, sino sólo aprender a usarla de forma comprensible (porque si no fuera por los consensos gramaticales, no nos entenderíamos).

Lo esencial, me digo, no está en las normas, sino en los significados y en la posibilidad que la lengua nos da de transformar nuestro pensamiento, nuestro paisaje interior, nuestra vivencia, nuestros sentimientos, nuestra comprensión, nuestra creatividad, nuesta visión del mundo. En definitiva, lo importante es la cualidad etérea y esencial que tiene la palabra de convertirnos en Personas Únicas, capaces de comunicarnos con el resto de millones de personas únicas y con el exterior. Esa belleza no es unívoca -interior, personal- sino compartida, mutua, congregada, recíproca, fluida, plural, interactiva. Cuando hablamos o leemos, si salta la chispa de lo bello compartido, las almas se unen y lo sutil nos arropa. Y eso es la poesía. También por eso la poesía es esencial: porque nos envuelve en belleza y nos guarda, nos hace Personas.

Ser arropada por la poesía, por lo bello, no le sucede a gente “muy leída y estudiada y aprendida”, sino a cualquiera que se deje llevar por las metáforas y los sueños, a cualquiera que construya símbolos éticos y estéticos y los comparta; a cualquiera que sea capaz de sobrevolar su educación y conectar con su niñez. Porque ese maravilloso fenómeno de la palabra bella nos toca el alma desde que nuestra madre nos bailaba los aserrines al darnos la sopa, desde que jugábamos a adivinanzas, desde que cantábamos, desde que leíamos cuentos y mirábamos antes las ilustraciones que las letras.

Es decir, sostengo que nacemos poetas y nos educan para ser gente prosaica.

Y si no me crees, reflexiona un rato sobre las metáforas de uso diario, que incorporamos a nuestra habla; sin pensar, porque forman parte del acervo de los usos compartidos. Míralas ahora, reconócelas, pero sintiendo. Doy algunos ejemplos tan cotidianos como sorprendentes, para una civilización de prosistas:

Llueve a mares. Temblaba como una hoja. Dulces besos. Escapé por el filo de una navaja. Mi pensamiento se nubló. Se puso amarillo de envidia. Me duele el alma. No somos nada. Como quien oye llover. Se fue al otro barrio. Comer como un pajarito. Trabajar como un buey. Era dulce como la miel. Amarga mirada. Acobardado como un pájaro sin luz. Río que suena, agua lleva. Dormir como un tronco. Estás en las nubes. Está más muerto que vivo. Me suena a conocido. Soltaba sapos y culebras por la boca. Corría como alma que lleva el diablo. Le pusieron de hoja de perejil. Está hecho un saco de huesos. Ojos de paloma. Dientes de perla.

Son frases cotidianas. Son metáforas. Son poesía. ¿Hace falta que siga?

Mi pensamiento es, por tanto, que la poesía, aparte de ser esencial y de sumergirnos en lo bello -alimento del espíritu-, nos es necesaria para escribir y para leer incluso en prosa, es decir, la necesitamos para ser “seres-humanos”.

No es raro, pues, que a pesar de haber quemado mis escritos a la mitad de mi vida, conserve de mi segunda mitad más de veinte poemarios y varias colecciones de poemas que se me caen de entre las hojas y los dedos…

Y ahora explico a qué llamo poemario. Un poemario -en mi acepción personal- es un conjunto de ideas, sentimientos, actos, objetos y símbolos, puestos en palabras bellas, que tratan de un mismo tema central y que, al igual que en una historia, tienen un planteamiento, un desarrollo y una conclusión. Si escribo poemas sueltos y unitarios y los arropo en grupos, a eso lo llamo “colección de poemas”.

En cuanto a la forma poética, amo tanto el verso libre -que me transporta por su corriente de río- como la poesía antigua y formal -que me sujeta en su entramado, su ritmo rimado-. Toda naturaleza poética tiene su ser-belleza.

Concluyo diciendo que, para mí, un poema nace de un destello, de una vivencia, de un instante, de un acto de comprensión o de una pincelada de la vida. Eso es lo mismo que decir que todo poema tiene su historia. Lo que ocurre es que, en vez de contar el argumento, la poesía esparce palabras por los linderos del amor.

Poemarios

El mundo, al final. Tardes en la biblioteca. Punto y Contrapunto. Conversación de la noche. Por un violín. Carta al viento. Un amar que no me salve. La vida en la cara. El libro de las Reinas. Cuaderno para la Pascua. Amar amar. Cartas al corazón peregrino. Horas navegables. De cal y de arena. Taller de poemas. Apocalipsis de la soledad. Canción de colores. Requiem. Tardes en la Biblioteca. Capitulario. Once sonetos de amor, una espinela y una canción esperanzada

Colecciones

Musicable. Sonetos. Para Alegna.

El mundo al final fue premio José Rodao de poesía 1983

Carta al viento. Un amar que no me salve. La vida en la cara y El libro de las Reinas  están en bubok.eslulu.comespanol.free.ebooksamazon.comIntermón  Oxfam

Conversación de la noche está en Iberlibro.

Entra el la web de Marta Abadía
Sígueme en Facebook y pincha me gusta y sígueme en mi pagina de Facebook
Compra mis libros

flor vidrio

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s