Algo de mí

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Algunas personas afirman que soy peculiar. Peculiar es mi vida, sí; al menos porque es tan trepidante, sin ser aventurera, que parece una novela múltiple, mal escrita y sin final que la suavice. No tiene un guión fácil, vaya.

Con eso no quiero decir, ni mucho menos, que no haya gente en el mundo que tenga una vida mucho más llena que la mía, mucho más interesante y mucho más extremosa en todos los sentidos. No, no. Sé muy bien que hay tsunamis que arrasan vidas, terremotos, catástrofes, guerras, hambre y desamor. Quizá por suerte para mí vivo en un país, España, donde no hay demasiados accidentes naturales, al menos en mi región, ni siquiera vientos importantes ni frío excesivo, aunque sí calor, pero el calor es vida.

Ya que no males naturales ni enfermedades mortales, los accidentes o errores artificiales, los del mal hacer de ciertas personas y los daños del desamor me han tocado casi todos. En fin, tampoco quiero exagerar. De vivir en zonas marginales del mundo llamado civilizado, con gentes en las que confié y no debí confiar, provienen la mayor parte de mis miserias. No obstante, soy bastante feliz. Discuto mucho con mis amigues y mis compañeres de viaje, incluso mi familia, sobre eso. Porque hay gentes que saben de felicidad e infelicidad, no soy la única. Es más, solo soy una: pequeña y vieja gusana que se refugia en su hoja, en su casita de hilo llamada, irónicamente, pupa. Porque, me parece, muchas personas  que conozco  por aquí, digamos: en el mundo occidental, se gradúan en en ser desgraciadas. Qué pérdida de vida.

En mi caso, saludo a la tristeza cuando llega con el mismo calor que a la alegría. Tendrá, pienso, algo improtante que decirme. Y, por eso, la convoco a una reunión, a un parlamento, para saber cuál es su mensaje. Lo mismo hago, si quien me visita es la ira o el dolor o la carencia, la pobreza o la soledad. Porque tengo demasiado que aprender para dejar pasar sin hablar a todas esas, por así llamarlas, sensaciones de mi alma. En el curso de mi pasar y mis, digamos para entendernos, desgracias vitales, las que me han ocurrido tanto como las que, ignorante y sin quererlas, he fraguado yo, he llegado a entender la felicidad como camino y como oficio. Un poco al estilo Tao, un avanzar en la aceptación de lo que es y lo que no es, que me permite reconocer y reconocerme.

Así, vivo consciente de estar en un taller, aprendiendo un oficio que me sirve para lo que llamo ser feliz: estar en paz interior, no caer en estrés, en depresión, en el desfondamiento existencialista, no dar peso a ese: no hay remedio, estamos condenados, todos tenemos las manos sucias del amigo Sartre, que tanto impactó a mi generación cuando jóvenes. Y, de paso, trabajo en un concepto y una vivencia de la felicidad como aceptación, que no es conformismo, pero carece de lucha, carece de violencia, carece de excesos liberatorios, de levitación y de místicas esenciales, de forma que, si me lo propongo y sin gran esfuerzo, puedo  agarrar la realidad por los hombros, sentarla en una silla frente a mí y conversar con ella. Y aprender.

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